‘Vivir plenamente hacia lo interior igual que hacia lo exterior, no sacrificar nada de la realidad externa en beneficio de la interna y viceversa.’

(Etty Hillesum)

Todas y todos somos singulares. La singularidad es el modo como cada mujer y cada hombre siente y vive su experiencia vital, se da a conocer en cada relación que establece, se expresa con su cuerpo, se sitúa en la sociedad con los recursos materiales y simbólicos de los que dispone, dialoga con su condicionamiento cultural. Es algo vivo, en continua transformación. La singularidad de cada ser humano trae consigo matices y colores que afectan al devenir del mundo.

Esta enorme riqueza se ve ocultada, achatada o amedrentada con demasiada frecuencia. Cuando, en vez de atajar las desigualdades o la injusticia, se atajan las diferencias, confundiendo igualdad con ‘ser iguales’. Cuando la fuerza del individualismo nos hace obviar la necesidad de relación e intercambio para hacernos presentes en el mundo y enriquecer nuestras vidas. Cuando se encasillan las diferentes formas de ser en identidades cerradas frenando la posibilidad de movimiento, aire, intercambio, transformación. O cuando tratamos nuestro condicionamiento social como mero determinismo, o sea, cuando reproducimos guiones vitales predeterminados sin dar pábulo a la posibilidad de crear cestas nuevas con los mimbres que nos vienen dados.

Hablar sobre la singularidad humana es por tanto hablar sobre la libertad, o lo que es lo mismo, sobre nuestra responsabilidad y creatividad a la hora de reconocernos, vivir nuestras vidas,  crear vínculos,  dejar huellas en el mundo, cuestionar y transformar. Tomando en consideración este conjunto de reflexiones, he creado SINGULARES, un espacio de escucha, encuentro, intercambio, reflexión y aprendizaje en el que puedes encontrar diferentes propuestas relacionadas con nuestra forma singular de ser y de estar en el mundo.

 Graciela Hernández Morales.

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Lo que un corazón aguanta

Son manteros por no tener papeles y carecen de papeles por ser manteros. Intentan escabullirse dentro de un asfixiante círculo vicioso con el corazón siempre en un puño. Cuando una se acerca, el corazón se le encoge. Su presencia casi fantasmagórica, con su piel negra magullada por tanto golpe, señala que el corazón de este sistema está podrido. Cuando una se acerca un poco más, se acerca también a sus propias contradicciones, miedos y vulnerabilidades. Al fin y al cabo, si una lo mira bien, nuestras vidas tampoco están en nuestras manos. Quizás por eso cueste tanto escudriñar en la cosa y hacer algo con sentido. Es probable que yo nunca sepa bien qué ocurrió minutos antes de que Mame Mbaye muriera por un ataque al corazón. Pero, haya sido cómo haya sido, ¿cómo es posible que nuestros corazones aguanten tanto? ———– Foto: Graciela Hernández.    ...

¿Qué es vivir el presente?

Vivir el presente. Una frase que se cuela en los sitios más insospechados y que esconde tras de sí un campo de batalla simbólico. En este sentido, depende desde donde se dicen estas palabras puedo estar o no de acuerdo. De algún modo, es una frase que nos dice algo obvio. Nuestra vida se cuece siempre, queramos o no, en el presente. Lo que experimento, aunque sea un recuerdo o una proyección de futuro, lo experimento ahora. Lo experimento desde mis necesidades, miedos, anhelos, interpretaciones o conocimientos actuales. O sea, cuando me quedo embelesada recordando algo que me sucedió, no significa que me haya ido al pasado, significa simplemente que rememoro un suceso de mi vida desde mi realidad presente. Lo mismo sucede con el futuro, cuando me pregunto qué pasará con tal o cual cosa, no me he ido al futuro, simplemente me estoy imaginando lo que sucederá desde lo que soy en este momento. Saber esto, saber que no tengo la capacidad de trasportarme al pasado o al futuro como si fuera la protagonista de una película de ciencia ficción, me permite vivir las experiencias vinculadas con mi pasado o con mi proyección de futuro con más presencia, o sea, tomándolas como reflejo de mis necesidades, anhelos, reflexiones o nudos actuales. Así, por ejemplo, ante la crisis ecológica de la envergadura que ahora tenemos, dedicar un tiempo a pensar qué pasará con nuestro futuro significa dedicar un tiempo a entrar en contacto con lo que se está moviendo en mí ante esa realidad. Si afronto dicha pregunta con presencia, o sea, escuchándome, dejándome sentir, abriéndome a lo...

¡A por un 2018 luminoso!

Un minuto nunca es exactamente un minuto. Un año nunca es exactamente un año. Hoy cumplo 54 años y mi madre me regala unas palabras de amor con una letra temblorosa y frágil. Medimos el tiempo sin lograr nunca apresar su misterio. … Miro el movimiento de las olas de ese mar gris que hoy me acompaña. En el 2017 aprendí que no me conviene dejarme arrastrar por la corriente del mundo si no quiero verme engullida en él. Tampoco me conviene nadar contra la corriente del mundo si no quiero morir de agotamiento e impotencia por pretender hacer lo que no está en mis manos hacer. Quizás, de lo que se trata, es de saberme parte de este batiburrillo de corrientes que conforma nuestro mundo, ser consciente del lugar que ocupo en él, reconocer mis fuerzas y mis vínculos, y poner en juego mi responsabilidad, mi libertad. Hablo de andar en lo real y lo real, aunque no siempre es amable, es todo lo que hay. … Dentro de poco estaremos en 2018. Una nueva cifra para ahondar en ese misterio que no se deja medir. Un nuevo año para seguir indagando en esa luminosidad que, aunque nace de un contacto rotundo con lo real, es profundamente transformadora. Pues eso… ¡Os deseo un 2018 lleno de luz y vitalidad!...