Cuando la mente y el cuerpo se dan la mano

Cuando la mente y el cuerpo se dan la mano

Bailo y me dejo llevar venciendo el miedo a hacer el ridiculo, a que suceda lo que no está previsto, a encontrarme con partes mías desconocidas, a no ser adecuada…

Bailo y algo se abre, se despierta, fluye.

Pero, ¿qué es ese algo? La respuesta más fácil sería decir que conecto con mi cuerpo, que me dejo ser cuerpo.

Por supuesto que algo de eso hay, pero no solo.

Vayamos por partes…

Un cuerpo que no está habitado es un cuerpo muerto. Lo que fluye, se despierta y se abre es algo más. Son momentos de presencia, no solo física, sino también emocional, espiritual y mental.

Sí, no me he equivocado, he dicho mental. Son momentos en los que la mente deja de rumiar para dejarse mecer por el compás del ritmo, de la emoción. La mente deja de especular y se abre sin más a lo que sucede en el momento presente. La mente se integra en el juego de la vida y gana en alegría. La mente se airea y gana en flexibilidad y poesía.

Lo que se detiene cuando bailo de este modo no es la mente, sino esa actividad mental torturante que a menudo me visita y que no me deja estar tranquila, no me deja atender lo que sucede, no me deja pensar con curiosidad, no me deja caminar en el territorio de la duda sin presión.

De tal modo que bailar, dejar que el cuerpo sienta y exprese la totalidad de mi experiencia, es un modo de crear las condiciones para pensar con más sentido, más tino, más apertura, más riesgo.

En la otra cara de la moneda que tal vez sea la misma cara, el pensamiento que no hace vibrar al cuerpo, que no toca las entrañas y la vida, tampoco me vale. Me temo que puede llegar a ser un pensamiento peligroso. Del mismo modo que renunciar a pensar también lo es.

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