Incoherencias

Incoherencias

Puedo pensar que los seres humanos estamos hechos para experimentar la sexualidad sin exclusividad y no sentirme preparada para abrirme a este tipo de posibilidad. Puedo comprender el daño que el azúcar hace a la salud y no renunciar al disfrute de deliciosos pasteles. Puedo manejar información sobre la inminencia del cambio climático y  seguir usando coche. Podría seguir con muchísimos ejemplos que todas y todos conocemos…

Una cosa es nuestra capacidad para elaborar un pensamiento riguroso y una opinión consistente sobre lo que nos sucede y otra distinta es cómo sentimos y experimentamos eso que nos sucede. No quiero decir con esto que nuestra forma de pensar no afecta a cómo experimentamos nuestra vida ni que la experiencia no afecta a nuestra forma de pensar, digo simplemente que son dos planos distintos de nuestra existencia.

A las divergencias entre pensamiento y experiencia se las suele llamar incoherencias. Cuando éstas se dan, no es extraño que una vocecita en nuestro interior nos llene de culpa o de vergüenza por no lograr acompasar estos dos planos.

Para afrontar esta culpa o esta vergüenza, es habitual seguir uno de estos caminos. El primero es el de intentar ajustar el pensamiento a la experiencia, lo que nos lleva a reducir el pensamiento a una especie de justificación de lo que hacemos, restándole rigor, amplitud y vuelo. El segundo es intentar ajustar nuestra forma de sentir o hacer a lo que pensamos, lo que nos lleva a puentear la complejidad que somos, a no tener en cuenta nuestra historia, a violentarnos y a fingir ser lo que en realidad no somos.

Ante esto, me gusta cuando soy capaz de darme permiso para asumir mi “incoherencia”. Esto hace que me resulte más fácil mantener mi pensamiento abierto al mundo que nos rodea y, asimismo, escuchar con más profundidad mi experiencia para comprender mejor mis resistencias, miedos, contradicciones, deseos y necesidades. Desde ahí, más que ajustar pensamiento y experiencia, busco abrir el diálogo entre uno y otra para que el pensamiento no se deshumanice ni se vuelva etéreo y para que la experiencia sea también la experiencia de pensarme y abrirme a nuevas posibilidades desde lo que hay en mí y no desde lo que debería haber en mí. Lo que, a su vez, me trae una forma más compleja, vital y humana de entender y experimentar la palabra coherencia.

¡Os deseo un verano en el que la aventura de abrirse a la propia realidad así como a la realidad que nos rodea no se vea impedida por el intento de ajustes innecesarios e inalcanzables!

Foto: Graciela Hernández Morales.

Escribe un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

− 2 = 4