Aprender a practicar la paz

Aprender a practicar la paz

Asomada a la ventana, veo pasar a un gitano rumano con la bandera de España en su cabeza a modo de pañuelo. Me cuentan que unos chicos que viven en un piso de acogida se pasean con unas banderitas de España compradas por un euro a un chino. Por Madrid Río veo banderas colgadas en varios balcones y me pregunto qué anhelo, necesidad, miedo o ideas hay detrás de cada una que, siendo iguales, quizás tengan trasfondos diversos.

A Serrat lo tildaron de fascista por no estar de acuerdo con el referendum del 1-O y hay quien dice en mi barrio que la policía tenía que haber sido más contundente. Y se me engullen las palabras porque no encuentro vocabulario para decir lo que quiero decir entres posturas tan enconadas.

Dicen que hay quien ha retirado estos días sus ahorros de La Caixa para dificultar que Cataluña sea viable y me vienen a la cabeza estos hombres que dificultan enormemente la independencia de su ex-mujer cancelando cuentas o dejando de pagar la pensión. Esto me lleva a pensar también que la emocionalidad nacionalista tiene más fuerza que la ética anticapitalista a la hora de sacar fondos de los bancos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Dicen que Rajoy (y ahora también el rey), con su política, es el mayor promotor del independentismo catalán. Y recuerdo muchas ocasiones en las que me he sentido muy unida a otras personas estando en contra de y, cuando esa amenaza ha dejado de estar en nuestro horizonte, encontrándome con brechas profundas a la hora de crear algo juntas.

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Hace dos domingos, en el Seminario Lo Personal es Político, hablamos sobre nuestra dificultad para convivir con los conflictos y la discrepancia. Recojo aquí algunas reflexiones que se dieron en la sesión:

No suele ser fácil explicarse porque a menudo uno o una no termina de entenderse, porque confundimos entender con convencer, porque la complejidad de marcos y emociones crean mucho ruido, por miedo a no gustar o a molestar…

Es difícil rebatir en un contexto donde tememos sufrir alguna agresión por pensar lo que pensamos. Tenemos mil ejemplos de contextos donde la discrepancia no es bien acogida y esto nos cierra. Y, en un círculo vicioso, cerrarnos es cerrar la posibilidad de política, de convivencia.

A menudo lo que más confusión y desasosiego genera, no es tanto la discrepancia, sino los malentendidos o los sobreentendidos.

A veces, el miedo no tiene tanto que ver con quien tenemos en frente, sino con la posibilidad de descubrir que ya no pensamos lo que pensábamos y que eso nos mueva el suelo y las relaciones ya creadas.

En este espacio entendemos la política como la búsqueda de mediaciones que hagan viable tratar los conflictos sin violencia, que permitan dejar sin sentido la violencia sin ocultar ni negar las diferencias y/o discrepancias. ¡Todo un reto con estos mimbres!

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El 2 de octubre fue el día de la NOVIOLENCIA. Yo prefiero hablar de practicar la paz que la noviolencia. En todo caso, por todo lo que os he ido contando en este post, aún sigo aprendiendo y me queda mucho. Y esta es, en estos momentos, mi mayor responsabilidad, seguir aprendiendo. No solo porque quiero vivir y relacionarme mejor, sino también porque soy consciente de que los gobiernos y el gran capital se sirven del caldo de cultivo que vamos creando o alimentando entre todos y todas.

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Mientras tanto, cada otoño hace más calor y esto es presagio de algo que me asusta mucho más que las luchas identitarias.

 

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