Cuando el éxito mata el sentido

Cuando el éxito mata el sentido

Hace unos días, hablamos sobre el éxito y el fracaso en uno de los grupos del seminario Lo Personal es Político.

Para preparar dicha sesión busqué en google la palabra éxito y, al echar un vistazo a lo que me fui encontrando, sentí mucho agobio. De pronto tomé consciencia de hasta qué punto la idea de éxito se ha convertido en una fuerte presión.

Para sobrevivir en nuestro mundo capitalista hace falta tener algo de éxito. Para lograr un trabajo decente, comer alimentos saludables y vivir en una casa confortable tenemos que saber jugar muy bien nuestras cartas en un juego muy injusto. Y, como todas y todos sabemos, estas cartas vienen marcadas y se distribuyen de forma muy desigual.

Se trata de un juego que no tiene final ya que, aunque logremos nuestras metas, siempre corremos el riesgo de perderlas, o sea, de perder el trabajo, perder la vivienda, no tener con qué alimentarnos dignamente. Con esa amenaza constante, no es extraño que la ansiedad sea uno de los grandes males de nuestros tiempos.

Pero la cosa no termina aquí. Nuestra apariencia, simpatía o inteligencia se consideran unas cartas más dentro de este casino perverso. Por no hablar de cómo la búsqueda de éxito se convierte también en un modo de lograr aceptación y afecto.

En definitiva, desde esta lógica, aspectos fundamentales de nuestras vidas parecen pender constantemente de un hilo.

Cuando empezamos a jugar a este juego se nos advierte de todas las habilidades que debemos desarrollar y el itinerario que debemos seguir para ganar. Raramente se nos advierte de que hay personas que, por muy bien que lo hagan, siempre perderán y otras que, por muy mal que lo hagan, dificilmente perderán. Hasta tal punto que, cuando ‘fracasamos’ en este empeño, es fácil sentir culpa o vergüenza como si fuéramos responsables de esa profunda desigualdad y no simplemente víctimas de esta estafa.

Al pensar sobre ello volví a recordar lo que me contó un maestro amigo. En una ocasión, él pidió a sus alumnas y alumnos que dibujaran sus casas. Una niña dibujó un palacio enorme, lleno de detalles y florituras. Más tarde, él descubrió que ella vivía en una chabola y que se avergonzaba de ello. ¿No es descorazonador?

Pero hay más. Al poner tanta energía, no solo en tener éxito, sino en mantenerlo o en subir otro peldaño, es fácil perder contacto con el sentido de lo que hacemos y experimentamos. En este sentido, es muy ilustrativo el hecho de que se llame éxito escolar a cuando el alumnado aprueba o saca buenas notas, y no tanto cuando encuentra gusto y sentido a su experiencia escolar.

Con toda esta presión, es fácil valorarnos por lo que tenemos o aparentamos, y no tanto por lo que somos. Y, desde ahí, tanto si tenemos éxito como si fracasamos, corremos el riesgo de perder.

Todo ello nos trae un reto complejo para cualquier ser humano, el de tener cubiertas sus necesidades básicas sin dejar de vivir una vida con sentido. Un reto que, mientras no se cambien las reglas de este juego, conlleva dolor y desgarro.

 

 

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