Pensar la prostitución en primera persona

Pensar la prostitución en primera persona

En uno de los grupos del seminario Lo Personal es Político abordamos la delicada y controvertida cuestión de la prostitución. Para ello, dejamos de lado los debates en torno a su legalización o si las personas que la ejercen son libres o no a la hora de hacerlo. ¿Por qué salirnos de estos debates? Porque nos lleva a hablar sobre otras, bien para protegerlas o bien para ‘salvarlas’, obviando el hecho de que la existencia de la prostitución también afecta a quienes ni nos prostituimos ni hacemos uso de la misma y, por tanto, decidimos afrontar esta cuestión desde nuestra experiencia.

En nuestra reflexión, nos centramos en la prostitución femenina y en el uso que hacen de la misma un público masculino, no solo porque es la mayoritaria, sino porque es la que más nos afecta y nos inquieta, aunque no queremos con ello ningunear la existencia de otras formas de prostitución.

Es obvio, además, que entre las personas que no usan ni ejercen la prostitución hay formas diversas de sentirse afectadas por dicha realidad. En este sentido, nuestro objetivo no fue sentar cátedra, sino simplemente tomar consciencia de cómo esta práctica ha afectado a nuestras vidas.

No fue un ejercicio fácil. Hicimos uso de la imaginación y de la dramatización, de la escucha y del cuidado. Fue mucho lo que compartimos, matizamos y planteamos. Os dejo aquí algunas reflexiones o experiencias en las que hubo mayor coincidencia, bien entre las mujeres o bien entre los hombres.

Las mujeres planteamos que la existencia de la prostitución nos hace sentir más vulnerables, en la medida que sabemos que hay hombres que usan el cuerpo femenino como si se tratara de un mero objeto a su disposición. Saber que esta lógica forma parte del simbólico de hombres diversos ha hecho que algunas de nosotras hayamos cercenado parte de nuestro potencial sexual y vital por miedo a ser tratadas de ese modo.

De hecho, todas hemos tenido la experiencia de haber sido confundidas con una prostituta y, al recordar cómo nos han mirado y hablado estos hombres, rememoramos el asco y la rabia en nuestras entrañas. En este sentido, tememos descubrir que los hombres que amamos perciban nuestros cuerpos y el de otras mujeres de este modo.

Los hombres, por su parte, se han visto violentados por otros hombres que usan la prostitución y no se creen que ellos no la usen. Asimismo, aunque no usen la prostitución, notan que la lógica que la hace posible ha colonizado parte de su sensibilidad de tal modo que, a veces, se confunden y les cuesta discernir con claridad dónde nace su deseo libre y cuándo éste está contaminado por dicha lógica. Esto ha dado lugar a una cierta timidez por temor a invadir o dañar a las mujeres en sus relaciones sexuales y/o amorosas.

Ellos perciben el peso del patriarcado en sus entrañas y la necesidad de mucho curro para dotar de otro simbólico a su propia sexualidad, lo que implica conflicto, no solo consigo mismos, sino también con otros hombres. Quizás, lo que se esconde en el interior de dicho conflicto sea lo más significativo de esta cuestión.

Ante todo lo dicho, ni a ellos ni a nosotras nos gusta vivir en un mundo donde exista la prostitución.

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