Conflictos practicables

Conflictos practicables

Llevo tiempo sin escribir en este blog porque he estado bastante pachucha. Estos meses, en los que mi energía ha estado centrada en mi recuperación, han sido como un impasse. Algo ha sucedido en mi interior que me ha hecho volver sin tanto apego a mis ideas, lo que me permite ver las cosas con más ligereza y humanidad.

Recuerdo que el 8 de marzo del año pasado escribi que sin feminismo no sabría vivir. Y, de algún modo, lo sigo suscribiendo. Por ello, me da pena como algunas cosas se toman excesivamente en serio, desgastan más de lo necesario e hieren de forma estéril. Es como si el suelo que piso estuviera a punto de derrumbarse.

Algo interesante y a la vez difícil o complejo del feminismo es que en realidad no se trata de un movimiento sino de muchos, diversos y dispares. Vivir este entramado no es fácil, a menudo duele, confunde, desorienta. La tentación de encontrar ‘las mías’ y atrincherarse en ellas es grande. Sin embargo, cuando una se permite andar suelta, dialogar con este conjunto de reflexiones, prácticas, conflictos y recoger de cada quién lo que le va bien y dejar a un lado lo que no, podrá ir encontrando palabras en las que reconocerse y ante las que interrogarse, narrar su historia de opresión y también de libertad desde lugares y matices inesperados, entender el recorrido de otras aunque su apuesta sea contraria a la suya, ser más creativa, ahondar con más profundidad en lo que nos rodea, y volver a empezar una y otra vez porque el pensamiento y la vida no pueden cerrarse de una vez para siempre.

Lo que quiero decir es que cuando la discrepancia o el conflicto se vuelve manejable y no destructivo, aunque conlleve dolor, tirones, también distancia, el pensamiento se vuelve vivo. Cuando la discrepancia o el conflicto se práctica fuera de la lógica de trincheras (propia de la lógica patriarcal), el mundo se vuelve más habitable, una gana confianza para andar suelta, o sea, sin ataduras para pensar, decidir, caminar, equivocarse, entender, rectificar, matizar, tomar aire, distanciarse, volver renovada, abrirse a la otra, confrontar sin miedo ni ego… de tal modo que, más que bandos, yo sueño con una especie de crisol de voces vivas que nos muestren el pulso de la complejidad del mundo que estamos viviendo…

En el seno del feminismo aprendí que podemos transformar las cosas, más que destruyendo a la otra o al otro,  transformando la relación con la otra o el otro. Y también transformando la relación con una misma. Creo que reconocer nuestros hábitos de relación, nuestras miserias, dificultades, egos, es un buen punto de partida…

En fín, que en un mundo en el que el fascismo asoma sus fauces, donde el decrecimiento será sí o sí y no nos queda otra que reorganizarnos si queremos que éste sea justo, donde la desigualdad campa por sus anchas, donde las mujeres (unas más que otras) solemos llevar la peor parte, aprender a cuidarnos y a convivir es fundamental. Cuidar no implica descuidarse, más bien al contrario, y convivir no implica esconder los conflictos bajo la alfombra ni tener que estar siempre ‘todas a una’.

¡Feliz 8 de marzo! ¡Nos veremos por las calles!

 

2 Comments

  1. Un abrazo Graciela. Me reconfortan tus palabras, justo en mi pueblo hemos y transitado lo que reflejas, mujeres divididas por vivir y pensar diferente con respecto a cómo vivir la jornada del 8m. De momento dispersas. Me uno a la idea del cuidado y autocuido como base para construir otro tipo de relaciones en la diversidad.

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  2. Graciela! Lo veo y lo suscribo.
    Un fuerte abrazo.

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