Afrontar la muerte es también afrontar la vida

Afrontar la muerte es también afrontar la vida

Tenemos ideas sobre la muerte que surgen de una mente lógica y que apenas calan en nuestras entrañas, en nuestro sentir. Son ideas que no concuerdan con cómo la experimentamos. Así, por ejemplo, aunque yo considere lógicamente que la muerte es parte de la vida, a menudo me vivo como si fuera inmortal, como si mi muerte no fuera a llegar nunca. Esta disociación me hace saber que, en lo más profundo, tengo una visión sobre la muerte distinta a la que me digo que tengo.

En dos de los grupos en los que trabajamos la escucha y la comunicación, hemos compartido algunas de nuestras formas de sentir, experimentar y afrontar la muerte. Fue un balbuceo, un intento de tomar consciencia de esa visión que habita nuestras entrañas y que es consustancial al hecho de haber crecido en una cultura concreta. Y, a medida que fuimos compartiendo, fuimos viendo que nuestra forma de afrontar la muerte toca de lleno a nuestra forma de afrontar la vida.

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Vivir de espaldas a la muerte es, de algún modo, vivir de espaldas a ese movimiento de la vida en el que cada arruga nos recuerda que lo que fuimos ya no está, del mismo modo que esa relación ya no es como era ni ese libro nos dice lo que nos dijo en su día ni ese afán nos mueve como lo hizo antaño. O lo que es lo mismo, vivir de espaldas a la muerte no ayuda a dejar morir lo que ya no está y, por tanto, a dejar nacer lo nuevo y a menudo imprevisible que nos trae el hecho de estar vivas y vivos. Y todo esto bloquea y quita ligereza a nuestro vivir.

Vivir como si fuéramos inmortales es, de algún modo, vivir posponiendo la chicha de la cosa, como si siempre hubiese un mañana al que agarrarnos lo que, casi sin darnos cuenta, nos lleva a deresponsabilizarnos de nuestro presente y a un vivir desarraigado. Vivir como si fuéramos inmortales puede traer consigo también un vivir como si no fuéramos cuerpo, como si no tuviéramos límites, estirando la cuerda hasta agotar nuestras existencias.

Vivir la muerte como un hecho trágico y angustioso es, de algún modo, llenar la vida de miedos ante cualquier mínimo riesgo, lo que puede llegar a ser un ‘sin vivir’ o un vivir atenazado. Del mismo modo, es poner toda nuestra atención en estirar la vida y no tanto en dotarla de sentido, como si fuéramos dioses pudiendo controlar lo que no está en nuestras manos, como si la vida tuviera sentido en cualquier circunstancia y para cualquier ser humano.

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En fin… fue tan rica la reflexión que faltan muchos matices…

Parece que, en lo más hondo, no terminamos de entender la muerte y, por tanto, de entender la vida.

Creo que darnos cuenta de ello y compartirlo en voz alta en un buen punto de partida para seguir nombrando, reconociendo, indagando.

Creo, además, que empezar a entender la vida es cuestionar de raíz esta estructura social que tanto (nos) daña, que tanto (nos) mata.

 

Foto: Graciela Hernández Morales.

 

 

 

2 Comments

  1. Magnifica reflexion Graciela. Como dices, un punto de partida para seguir aprendiendo a morir y a vivir. Un abrazo grande grande

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    • Gracias, Elisa. Un besazo.

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