Carencia de ser

Carencia de ser

Las inundaciones de Sant Llorenç han dejado trece muertos a su paso, los restos del huracán Leslie hizo estragos en distintos puntos de nuestro país y del sur de Francia, estamos a la espera de una fuerte gota fría en el Mediterraneo como hace tiempo no se ha dado. Y así podría seguir… Me es difícil creer que esto no tenga una relación directa con el cambio climático, con el calentamiento de nuestro clima y de nuestras aguas, como una advertencia de lo que aún está por venir. Me asalta el miedo, la rabia y la impotencia. Son sentimientos fuertes, rotundos, que inundan mis entrañas. Y un sentimiento es mucho más que un sentimiento, es la puerta de entrada a quién soy y a cómo vivo las cosas, lo que me lleva a mirar más allá, o mejor, más acá. Siento miedo porque la información que manejo me hace pensar que voy a vivir en un mundo devastado por las sequías, las inundaciones, la escasez de recursos básicos, el ‘sálvese quien pueda’. Siento rabia porque pienso que todo esto se podría haber evitado con una organización social más consciente de nuestra dependencia de la naturaleza y porque veo que el gran capital sigue negando este hecho para seguir generando beneficios. Siento impotencia porque mi día a día no se corresponde con la envergadura del reto que tenemos delante y porque me es difícil simplemente nombrar esta realidad en un mundo de memes y discursos pseudomágicos que, o bien niegan lo que sucede, o bien muestran una fe ciega en la técnica. Me miro, miro mis sentimientos y me entiendo....
Una apuesta veraniega

Una apuesta veraniega

Como ya sabéis, en mi trabajo escucho a diversas personas que buscan conocerse para orientar su vida con más libertad y autenticidad. Con este ejercicio he ido entendiendo que el miedo al otro o a la otra es una constante en la vida de mucha gente, ¿o quizás en la vida de todo el mundo? Miedo a molestar, miedo al rechazo, miedo al juicio, miedo a la violencia, miedo al ridículo, miedo a la inadecuación, miedo a dañar, miedo a no gustar, miedo a no ser querible. Es un miedo que, cuando cobra fuerza, bloquea y nos quita espontaneidad, nos deja en manos de las demás personas dejando en suspenso nuestro propio ser, nos lleva a prestar más atención a lo qué pensarán que a la propia mirada. Desde ahí, es fácil vivir la vida y las relaciones como un mero trámite a seguir en el que nuestra voz se apaga y nuestra presencia se desdibuja, perdiendo pie. Pero este, en mi opinión, no es realmente el gran problema. Para mí, el gran problema es que se suele vivir todo esto como si en el fondo no sucediera nada, como si fuéramos totalmente libres, como si estuviéramos eligiendo la forma de relacionarnos y de vivir sin miedo y sin lucha. Ante esto, según voy descubriendo, el simple hecho de mirar lo que nos sucede y tomar consciencia de ello ya es en sí mismo una forma de tocar tierra, de entrar en contacto con lo que somos y por tanto de ganar en presencia. Cuando este ejercicio va ocupando lugar y fuerza, se hace más viable la posibilidad de...