Rabia

Rabia

A veces, de tanto ningunear la rabia, ésta se aquieta como si no estuviera. Y seguimos nuestra vida sin escuchar ni atender todo lo que ella nos diría si la dejásemos. Pero ella sigue estando ahí, hurgando silenciosamente en las entrañas.

Otras veces, como si se tratara de un disco rayado, la rabia se atasca recordándonos una y otra vez la injusticia o la afrenta que hemos sufrido, la oportunidad perdida o el instante de opresión, la palabra no dicha o la que fue dicha a destiempo, la muerte de un ser querido o nuestra propia enfermedad. Son momentos en los que la rabia se deja absorber por la queja y se estanca. Carcome por dentro. Agota.

Cuando dejamos salir ese come-come sin haberlo digerido primero, sin haber entendido con profundidad qué nos hiere realmente, podemos dañar e incluso dañarnos porque es fácil que la rabia se alíe con el enfado y, como si se tratara de un vendaval, arrase con lo que se encuentra sin ton ni son.

Ante esto, más que contenerla, bienvenidas son las oportunidades de chillar, de llorar, de dar patadas, de correr, de bailar con furia, de dar salida a toda esa tensión que, si se queda en el cuerpo, también daña. No es fácil encontrar los espacios para ello, pero ahí están. Nuestra creatividad y nuestros dones artísticos son otro camino para dar rienda suelta a la rabia instalada en el cuerpo y, a la vez, es un camino para entender mejor quiénes somos y qué nos pasa.

Es que, cuando logramos acoger nuestra rabia y escucharla, encontramos un hilo para entender qué nos sucede y qué necesitamos. Desde ahí, expresar la rabia es sacar a la luz parte de quiénes somos, lo que nos hace más vulnerables, pero también más humanas.

Negar la rabia, amansarla o domarla es un modo de mansedumbre que muchas mujeres conocemos muy bien. No es casualidad que la rabia esté mejor vista entre quienes detentan poder y, como no, es mejor vista en un hombre que en una mujer. En este sentido, necesitamos atender más nuestra rabia y dejar menos espacio a esa complacencia que la ningunea.

La rabia que no vemos, no escuchamos ni dejamos que aflore, se enquista. La rabia acumulada nos bloquea la vida y no nos deja seguir con lucidez y salud. Tomar consciencia de esto nos hace saber que es necesario drenar la rabia que se ha ido instalando en nuestras visceras y atender bien los procesos en los que ésta se nos presenta.

De hecho, hay ocasiones en las que la rabia se alía con las ganas y nos regala ese impulso que nos falta para decir no, para defendernos de las agresiones, para tomarnos ese tiempo o ese espacio que tanto necesitamos, para salir de la parálisis y ponernos en acción. Por no hablar de ese grito colectivo que nace en la rabia compartida y que es capaz de dar una dimensión de dignidad y alegría a las calles y a nuestras vidas.

Palanca que deja pasar aire fresco justo allí donde parecía que la puerta era demasiado estrecha. Pero no está mal recordar, una vez más, incluso cuando la rabia se convierte en ese tipo de energía, que hace falta estar atentas y escuchar qué nos sucede para que ese impulso no nos lance a un activismo estéril o a lugares no elegidos.

Sobre todo esto y mucho más charlamos en la última reunión de Mujeres Singulares.

* La foto de este post la tomé en un día de tormenta. Ahora sé que, si estamos atentas, gran parte de las tormentas nos dejan la posibilidad de entrar en contacto con nuestra fuerza vital y, por tanto, con nuestra libertad. Y quién sabe lo que viene después…

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