Soledades

Soledades

Ella apenas tiene siete años. Intenta amoldarme para que le ‘pongan buena nota’. Sueña con ser princesa porque a las princesas se las quiere. Y ahí va, sola en sus diálogos internos, presiona al destino para que todo salga bien. Sensación de vértigo, de vacío, de miedo. Empieza a perder confianza en sí misma y se pregunta: ¿Y si no gusto? ¿Y si no gano?

Él, aunque anhela relacionarse, teme los juicios, no gustar, no ser adecuado. Teme también desvelarse ante las otras personas y no saber bien qué hacer si eso ocurre. Es dolorosa pero también es cómoda la evasión. Se engancha al mundo virtual porque éste le hace sentir la ilusión de tener muchos amigos (muchas amigas) sin sentir la presión del encuentro más íntimo, más arriesgado. Y así, a modo de trampa, se aleja cada vez más de sí mismo y de las otras personas.

Él viene de otro mundo. Su piel es oscura. Trae experiencias inauditas, pero parece que a nadie le interesa conocer, aprender de él. Ha pasado hambre y frío, aunque ha preferido compartir un mendrugo de pan y una manta rota antes que sentir la crudeza de la indiferencia extrema. Él nos mira y nos reta a que le miremos. En ese juego, descubre nuestro miedo. Cuando mira hacia atrás, ve grupos humanos que han elegido vivir entre rejas, en bloques de vivienda unifamiliares donde los espacios comunes son cada vez más tenues. No entiende que le encierren en un futuro incierto para que otras personas se encierren en una falsa seguridad.

Ella creció leyendo cuentos de hadas y buscó en la pareja eso que le falta y que hoy sabe que nadie le puede dar. Ella encontró buena comunicación y buen sexo, pero el vacío siguió ahí. Él no fue capaz de llenarlo, nadie es capaz de tamaña odisea. Y así, fantaseando con que él le daría todo lo que le falta, se olvidó de mirar más allá de esa relación, de cuidar su amistades, de dejarse suelta por el mundo y de abrir las puertas de su casa a otros mundos. Y ahora que él no está, descubre la estafa que había en esos cuentos de hadas y la estafa del sueño consumista que puede llegar a consumir hasta lo más íntimo. Y ahora se pregunta cómo llenar ese hueco que hay en su cama y en sus entrañas.

Ella se sienta a tomar su infusión después de hacer la compra. Un minuto de silencio, de no hacer nada, de estar, sin más. Pero cuesta, no es fácil. Mira por la ventana y se sorprende por el silencio. No sabe quién vive enfrente. Observa la gente que camina sin casi mirarse, sin saludarse. Es mucho el esfuerzo que hay ahí fuera cuando de lo que se trata es de aparentar ser alguien a través del trabajo, de la ropa, del número de amigas y amigos, de la pareja, de las hijas o hijos. Por eso está tan cansada, por aparentar, por no poder VER con claridad quiénes son los otros y las otras. Tiene ganas de chillar, pero se contiene. Ganas de asomarme a la ventana y saludar a la gente, pero se contiene. Ganas de amar profundamente a quienes tiene cerca, pero se contiene. Poco a poco, va tomando consciencia que en ese ‘quiero y no puedo’ se juega la vida, su vida

Ella se lanza y se abraza. Él empieza a escuchar sus entrañas y descubre en ese gesto el calor que necesitaba. Se enfrentan a esa desconexión vital que han sentido a lo largo de su vida y comprenden de dónde les viene ese miedo a las relaciones. Se ríen del mito de la autosuficiencia y aprenden a vivir su dependencia. Y así, desde la verdad que descubren en sus entrañas, van tejiendo un camino con más emoción y menos fantasía, con menos dogmas y más riesgo. Empiezan a habitar sus cuerpo, sus casas, cada relación y también la calle. Comprenden que gran parte de lo que les pasa tiene que ver con su contexto y su cultura: es muy contundente esa invitación constante a hacer de sí y de las relaciones un producto de consumo, algo de usar y tirar, performance sin raíces.

Y así, poco a poco, dejan de plegarse, de acomodarse, para vivir intensamente el dolor de verse tan lejos de las otras personas. Desde el dolor y la verdad, desde el anhelo y la necesidad, desde las experiencias de encuentro con los otros y las otras ven que la posibilidad de política realmente transformadora es posible.

Sobre estas y otras soledades hablamos en la última sesión del seminario Lo Personal es Político.

* La foto de este post es de Elina Brotherus

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